Ancianos


Es curioso como, en el atardecer de la vida, algunas personas se vuelven como niños, pero independientemente de que lo hagan o no, tendemos a tratarlos como tales. Es habitual, en el hospital encontrarse al hijo de un paciente mayor (viejo es lo que no sirve, que dice mi abuela) que te dice utilizando los circunloquios más curiosos que si su padre tiene algo “malo” prefiere que no se lo digas. Siguiendo las normas deontológicas básicas le cuentas que el paciente es el que tiene derecho a la información y que si quiere saberlo tú se lo vas a decir. Lo más curioso del tema es que cuando eso ocurre y el paciente mayor te pregunta y le cuentas lo que tiene, y le dices que se va a morir, suele ser este mismo el que mejor lo asimila, y el familiar protector el que peor lo pasa y no consigue interiorizarlo. Creo que nuestra generación, e incluso la de nuestros padres ha conseguido alejar la muerte tanto de lo cotidiano, que intentamos evitarla incluso cuando sabemos que está próxima. Nuestros mayores, esos a los que tantas veces tratamos de proteger, están mucho más preparados que nosotros, no sólo por que la noten más cerca, si no porque ya han jugado con ella al ajedrez.

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Sé que mis compañeros de primaria están peor, pero no deja de sorprender, que en esta magnífica sanidad que parece que tenemos, un paciente llega al especialista, después de meses esperando esa cita y con nuestra mejor sonrisa le despachamos en ese tiempo y sin apenas tocarle la tripa. Eso sí, le ponemos alguna medicina para que no se queje, le pedimos una prueba para hacer tiempo y pasamos lista en busca de completar números. 

No me voy a poner a arreglar el mundo (aún no) pero lo peor de todo esto es que nos atrapa y nos hace olvidarnos de porque estudiamos esto en un principio. Nos escudamos en el tiempo y no nos damos cuenta que cada vez nos cuesta más pensar en el paciente y lo que necesita y acabamos haciendo lo que es fácil o pensando que hacer por si me denuncian, contagiándonos de esa desconfianza que mata la relación médico-paciente, ese vínculo sagrado que cada vez nos cuesta menos romper. Espero no contagiarme del todo y que estos arrebatos místicos que me vienen de vez en cuando me sirvan para luchar contra lo que me impide atender bien a las personas que desnudan su alma ante mi mostrandome  sus problemas, en vez de contra ellos.