Comodín de la llamada


Otra vez vuelvo a la  madrugada. A la madrugada tramposa y pecadora del que sabe que debería estar haciendo otra cosa. Y no lo digo por estas breves palabras que improviso en el corcho de mis pensamientos. Lo digo por las otras obligaciones que no quiero identificar y que me acechan con la luz del sol, al otro lado del despertador. Quizás no me voy a la cama para no pensar en aquel que he dejado pendiendo del hilo del extremismo de los que le quieren, por no pensar que tal vez dependa de un comodín de la llamada que tarde más tiempo del asignado.

Yo mientras tanto sigo escribiendo, como si no pasara nada y la vida consistiera en películas e internet. Aunque al fin y al cabo, quizás sea eso lo que conforme una vida.

Ancianos


Es curioso como, en el atardecer de la vida, algunas personas se vuelven como niños, pero independientemente de que lo hagan o no, tendemos a tratarlos como tales. Es habitual, en el hospital encontrarse al hijo de un paciente mayor (viejo es lo que no sirve, que dice mi abuela) que te dice utilizando los circunloquios más curiosos que si su padre tiene algo “malo” prefiere que no se lo digas. Siguiendo las normas deontológicas básicas le cuentas que el paciente es el que tiene derecho a la información y que si quiere saberlo tú se lo vas a decir. Lo más curioso del tema es que cuando eso ocurre y el paciente mayor te pregunta y le cuentas lo que tiene, y le dices que se va a morir, suele ser este mismo el que mejor lo asimila, y el familiar protector el que peor lo pasa y no consigue interiorizarlo. Creo que nuestra generación, e incluso la de nuestros padres ha conseguido alejar la muerte tanto de lo cotidiano, que intentamos evitarla incluso cuando sabemos que está próxima. Nuestros mayores, esos a los que tantas veces tratamos de proteger, están mucho más preparados que nosotros, no sólo por que la noten más cerca, si no porque ya han jugado con ella al ajedrez.

Brindis


Camino por mi ciudad recién duchada y sucia aún de Navidad mientras pienso en tí. Y escuchando la trompeta lastimera de Miles Davis, hecho de menos mi pipa mientras pienso en lo que has sido tú en mi vida. Recuerdo tu risa expansiva y tu boca, enorme, de la que salía tanta sabiduría, de esa que ya no se encuentra, de la que no vende ni sirve para nada que no sea el hecho mismo de saber, pero que hacía entender porque una chica se podía enamorar de un señor mayor. Te recuerdo en el sofá, deslabazado en una postura que imitamos tantas veces, hablando, leyendo o tomando alguna de tus delicatessen. Porque eso me quedo de ti, tus ganas de disfrutar y apreciar lo bueno de la vida.

Te conocí poco, mal y tarde, pero me queda un poso que espero que dure mucho y acabe dando fruto de algún modo. De hoy, me quedo con la frase de Pilar. Porque uno no está muerto mientras su recuerdo siga vivo.