Imposición de manos o curar con la palabra


Cuando lo comentamos con los compañeros, muchas veces ponemos como algo malo (y lo es) que algunos pacientes o, más a menudo, familiares, vienen a la consulta para que impongamos las manos y curemos el problema que tienen desde hace años y por el que ellos no hacen nada, con nuestra presencia o la pastilla milagrosa. Evidentemente eso no es posible, pero hoy en día donde acabamos tratando síntomas más que enfermedades con síndromes funcionales crónicos, muchas veces una explicación a tiempo y una sonrisa pueden hacer mucho más que el más potente de los IBPs. Nos falta tiempo en la consulta y tranquilidad y paciencia en general para explicar que cambiando un poco los hábitos de vida conseguiremos más que con muchas medicinas.

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Sé que mis compañeros de primaria están peor, pero no deja de sorprender, que en esta magnífica sanidad que parece que tenemos, un paciente llega al especialista, después de meses esperando esa cita y con nuestra mejor sonrisa le despachamos en ese tiempo y sin apenas tocarle la tripa. Eso sí, le ponemos alguna medicina para que no se queje, le pedimos una prueba para hacer tiempo y pasamos lista en busca de completar números. 

No me voy a poner a arreglar el mundo (aún no) pero lo peor de todo esto es que nos atrapa y nos hace olvidarnos de porque estudiamos esto en un principio. Nos escudamos en el tiempo y no nos damos cuenta que cada vez nos cuesta más pensar en el paciente y lo que necesita y acabamos haciendo lo que es fácil o pensando que hacer por si me denuncian, contagiándonos de esa desconfianza que mata la relación médico-paciente, ese vínculo sagrado que cada vez nos cuesta menos romper. Espero no contagiarme del todo y que estos arrebatos místicos que me vienen de vez en cuando me sirvan para luchar contra lo que me impide atender bien a las personas que desnudan su alma ante mi mostrandome  sus problemas, en vez de contra ellos.